Quitar el Rencor

                           (Extraído del mensaje de la Virgen María recibido en el Toscón el 8 de Diciembre de 2005)

(Una persona durante la reunión preguntaba cómo limpiar el corazón de rencores y cómo saber si realmente lo hemos hecho)

Saber si el rencor ya no está es muy fácil de comprobar, porque hay paz y serenidad verdadera, que duran, que no se escapa, pero, para eliminar el rencor del corazón, la rabia, la clave es la humildad, si no hay humildad es tarea muy, muy difícil dejar en el olvido “faenas”, como las llamáis. Veréis, si pensaseis en Jesús, en la cruz, momentos que no me son nada agradables de recordar, por la dureza, por la crueldad del hombre con el hombre, pero hijos míos, yo os aconsejo, si de verdad queréis animaros en esa limpieza verdadera del corazón, en esa limpieza verdadera del alma, yo os animaría a pensar en ese momento, momento en el que Jesús daba la vida por todos; Jesús estaba dando su vida perdonándolos a todos, perdonando a los que instantes antes de expirar le clavaban en la cruz, blasfemando y burlándose de Él; perdonaba Jesús, en esa bendita cruz, a los que le hicieron sufrir, sufrimientos inimaginables, porque, a veces, creéis y os emocionáis viendo una imágenes que intentan recordar, hijos míos, mucho más de lo que hayáis… dice Jesús que no me entristezca… hijos míos, Jesús es Dios, y Dios estaba en la cruz, ese mismo Dios al que le pedís perdón se dejó crucificar en Jesús para todos, si pensáis con un poquito de serenidad, con un poquito de cordura, no tendría sentido ese sacrifico si algún alma se quedara fuera del perdón. Aquellos que estaban azotándole, aquellos que le maltrataban estaban siendo perdonados, y ya no es después… Jesús me hace cambiar mis palabras para que las entendáis mejor… Jesús no estaba perdonando después de un tiempo de reflexión, Jesús perdonaba en el mismo momento en que estaba siendo ofendido, a ese punto quisiera yo llevaros, a saber perdonar en el mismo instante en que sois ofendidos, agredidos, maltratados, humillados, olvidados, pero el orgullo que anida en vuestros corazones os impide perdonar como os digo, necesitáis de un tiempo decís, y cuando os aconsejo el perdón como llave para abrir las puertas del Cielo me decís “que necesitáis un tiempo”, “que la ofensa ha sido muy grave”, “que os habéis sentido muy mal”, incluso me decís, “Madre, ese hijo tuyo merece un castigo de Dios” frecuentemente me lo decís. Hijos míos, cuando pensáis así dais muestra a Dios de que no entendéis el sacrificio de Jesús. Si todos perdonaseis con prontitud, el mundo iría muchísimo mejor, porque en el tiempo de espera que os tomáis, el mal pone la ocasión normalmente para que podáis hacer uso de la venganza, y eso sí que cicatriza y deja huella. 

¿Qué hacer para limpiar el corazón de rencores que es una de las manchas que más lo ensucian? Primero tener ganas de agradar a Dios, pero también es importante que esas ganas vengan acompañadas de una acción clara, arrepentimiento y acción, porque decís arrepentiros pero seguís mirando extrañamente a aquellos que os han dañados, seguís recordando sus ofensas, además con demasiada frecuencia, y ante una nueva ofensa recordáis todas las anteriores complicando así una reconciliación que de por sí se hace difícil. Perdón y olvido van juntos si es un perdón de corazón. Dios a través de los tiempos ha dado muestras de que ese perdón limpia el corazón. Cuando el arrepentimiento es verdadero las lágrimas saltan sin poderse contener; un arrepentimiento de cara a Dios es lo que necesitáis para limpiar el alma, claro que está difícil arrepentirse cuando descuidáis el día a día y dejáis que el orgullo sea coraza de protección. Engañaditos vais si pensáis que el orgullo os protege. Habéis oído decir muchas veces que tenéis que haceros respetar para que no abusen de vosotros, para que no os ofendan de nuevo, y confundís ese haceros respetar con llenaros de soberbia y vengaros, lo vestís de muchos colores, vestidos preciosos ponéis a vuestra venganza a veces, casualidad no venganza decís, y “Dios permitió”, y “Dios castigó”, “bendito sea Dios que ha puesto las cosas en orden” os oigo decir tantas veces; preocupaos de no ensuciar vuestra alma contentándoos con el mal ajeno, porque en verdad que entristecéis a Jesús cuando os alegráis del mal de otros, fruto de envidias, fruto de lo malo del corazón. Dios es Dios y Dios hace justicia, a veces la justicia de Dios se palpa, es verdad, en este pasar, pero la mayoría de la veces la justicia de Dios no se palpa hasta llegar al otro lado; por eso es importante, hijos míos, que no seáis jueces, que aprendáis a ser humildes, a bajar esas cabecitas, y cuando creáis que tenéis la razón, y entre vosotros y con vosotros estén otros que piensan distinto, afirmando, inquietándoos, no perdáis la humildad , bajad esas cabecitas y esperad a que Dios ponga orden, porque siempre lo pone.

                                                                                                                                                                                                                                                                                           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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