Dignos hijos de Dios

          (Extraído de los mensajes de la Virgen María recibidos en el Toscón)

Jueves 18 de Mayo de 1995

 Sabéis ser dignos hijos de Dios cuando queréis, demostrádselo en los momentos difíciles, en esas pequeñas-grandes oportunidades que Dios os pone continuamente en el camino. Estoy en vosotros, con vosotros y para vosotros siempre, contad siempre con vuestra Madre en vuestras vidas, que vuestra Madre os alentará en el camino, que vuestra Madre os hará sentir cerca a Jesús.

Jueves 28 de septiembre de 1995

Dignos hijos de Dios queréis ser, todos os quedáis en los intentos. ¡Qué fácil es hablar y explicaros unos a otros que es lo que hay que hacer para alcanzar esa dignidad! ¡Qué fácil es hablar! 

Dignos hijos de Dios son aquellos que le reconocen como verdadero Dios, como verdadero Padre. Ese reconocimiento real en vuestro corazón os empujaría a esa vuelta, a ese retorno que Dios tanto espera. Hijos pródigos que aún no sois. Os asusta renunciar a los bienes materiales, y lucháis por servir a Dios y al dinero. Todos estáis sirviendo al dinero en cuanto que se convierte día tras día en una preocupación que deja a Dios en segundo lugar. Dios sólo queda en primer lugar cuando los problemas se agravan y parecen no tener solución.

 La seguridad humana que buscáis, esa falsa seguridad, os está impidiendo el acercamiento verdadero a Dios, pero aquí se os enseña, se os aconseja para que aprendáis a dar pasos para que ese acercamiento al final sea efectivo. Si Jesús haciéndose presente entre vosotros os pidiese que dejaseis vuestros bienes atrás y le siguieseis, hijos míos, vosotros mismos que escucháis, vosotros mismos que habláis tan bien a veces sin saber lo que decís, le dejaríais sólo.

 Fácil respuesta tendríais todos porque no está entre vosotros como teméis que esté, mientras su presencia sea espiritual, lo sentís lejos; pero Jesús entre vosotros, como estuvo ya una vez, fue seguido por pocos, muy pocos, ahora no será distinto, a pesar de estar escrito ya, de haberse repetido tantas veces, vosotros no estáis aún preparados. La seguridad, hijos míos, que buscáis en ese acumular continuo de bienes materiales, no os dará jamás la felicidad.

  Buscar a Dios en el corazón es el reto que tenéis todos, pero que no aceptáis como tal. Buscáis a un Dios a vuestra medida, buscáis a un Dios que solucione vuestros problemas, pero que no os pida más allá de lo que estáis dispuestos a dar. Hipócritas sois porque habláis sin parar y de lo que decís una pequeña parte tan sólo sentís como verdadera en vuestro corazón, por cuanto vuestro ejemplo no da muestra para nada de lo que decís. Qué fácil es hablar y qué difícil actuar como verdaderos hijos de Dios.

 No debéis negar el saludo a nadie, parece una norma elemental de educación y de buen cristiano, y todos habéis eludido ese saludo alguna vez a aquellos hermanos que no os caen en gracia. Habláis de caridad y no tenéis amor en el corazón suficiente para que esa caridad dé frutos verdaderos, y dais de lo que os sobra; y en ese dar pensáis que avanzáis.

  Dios se alegra en sus hijos que buscan ese acercamiento, pero en verdad que leyendo en vuestros corazones, donde sólo Él puede penetrar, su tristeza ha de ser grande al descubrir que por la boca se va todo y que el corazón lo mantenéis vacío, lleno, acaso, tan sólo de falsos amores.

 La humildad, la humildad que tanto vuestra Madre os ha pedido que cuidéis, la seguís descuidando. Entráis en discusiones donde la humildad falla. Recordad, hijos míos, que el que se crea en posesión de la verdad, en ese mismo momento la está perdiendo, sois parte de Dios y a Dios habéis de volver, limpios, como os llama.

 El ánimo que os dais en esos consejos escritos que repetís, que parece que a todos os convencen, extraño es que no den fruto en vuestras vidas. No veis, hijos míos, no entendéis que es la mirada de Dios la única que os debe preocupar, que estáis más pendientes de la mirada de vuestro hermano que de la mirada de vuestro Padre verdadero.

 Poco a poco os llama Dios y en esos pasitos iréis acercándoos, no os pedirá Dios que de golpe dejéis atrás todo lo que tenéis porque entonces a ese llamamiento no acudiría ninguno de sus hijos, porque lo primero que os cuestionaríais sería precisamente el porqué Dios si tanto os ama os pide esa renuncia, por eso el llamamiento que se os hace ha sido de esta forma y manera a través de estos meses, años ya, de mensajes, donde se os ha ido preparando poco a poco para que os vayáis despojando de vuestras miserias.

  Está bien que repaséis las Escrituras, está bien que busquéis la interpretación justa, pero no olvidéis que sólo en la humildad la interpretación será la correcta. Escuchad a vuestros hermanos, aun cuando no los entendáis, aun cuando no estéis de acuerdo.

  Jesús no cesa de llamaros y mantiene tendidas sus manos para que os agarréis; a lo largo de vuestras vidas de forma continua Jesús os llama, sólo en Dios está el porqué de esas llamadas diferentes para cada uno; no sigáis rechazando las llamadas de Dios, porque Dios os conoce bien, porque Dios vuestro Padre os ama y sabe de vuestra debilidad. No os pedirá vuestro Padre aquello que no podáis dar, y os irá pidiendo a medida en que estéis preparados.

 No rasguéis vuestras vestiduras porque no estáis preparados aún para hacerlo. Seguid en el camino, reconociéndoos como realmente sois, manchados aún por el pecado, en proceso de limpieza.

 Dignos hijos de Dios queréis ser y esas ganas deben mantenerse vivas para que ese acercamiento se vaya produciendo, ganas que todos tenéis en realidad, pero que no sabéis engrandecer y darles salida. Para ser dignos hijos de Dios debéis estar dispuestos a convertiros en vasos nuevos, dejando atrás todo aquello que os empujó hacia el mal y os apartó de Dios. Cantad a Jesús, pidiéndole de corazón, que os convierta en vasos nuevos.

 

 

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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