Ablandar el Corazón

                    (Extraído del mensaje de la Virgen María recibido en el Toscón el 26.1.2012)

Dios está amándoos. No obráis con sentido común muchas veces; nadie diría que sois cristianos, que realmente queréis imitar a Jesús, no se nota por vuestro vivir a veces. Estáis encontrados, enfrentados unos con otros. Vuestros corazones se endurecen, y tanto se endurecen, que no halláis la paz verdadera, y cuando Dios os la regala en un instante, la perdéis en un instante también, por la dureza del corazón.

 Vamos a orar juntos, de nuevo, dentro de un instante, y como me ofrecéis vuestra oración para apoyar mis intenciones, hoy os doy a conocer la intención de oración, que en este momento quiero que sea, justamente, "ablandar el corazón". Vamos a pedirle a Dios nuevamente, en esta bendita posada, para que con esa Misericordia, con ese Amor, con esa Bondad, os ayude a todos a ablandar el corazón; porque si mantenéis el corazón duro, no podréis avanzar como debierais, no podréis evitar el purgatorio. Un corazón que parte duro tiene que ablandarse tras purificación que es obligada, pues en el Cielo no puede entrar un alma que no está preparada. Un corazón que no se ha ablandado a tiempo es un corazón que necesita, necesita de ayuda, vamos a decirlo así, para poder alcanzar el Reino de los Cielos.

 No permitáis que el mal os mantenga duro el corazón. No estéis enfrentados, ¡abriros a la bondad, a la tolerancia!

 Os he dicho, muchas veces, que sin Santo Temor a Dios el alma no puede aprovecharse bien de las gracias que reciba. Cuando uno no teme a Dios, cuando uno vive sin temer a Dios, vive ajeno a Su verdadera Voluntad, y vivir ajeno a la Voluntad de Dios es vivir de espaldas a Dios. Y os hablo a vosotros, muchos venís jueves y jueves, y es verdad que habéis dado pasos, pero pensad, Jesús ya hacía esta pregunta, y por este motivo, ¿escaparéis vosotros de la purificación, cuando partáis?, ¿estáis preparados para entrar en el Cielo de manera directa? Porque es verdad que muchas veces os he dicho que quisiera veros entrando en el Cielo, sin necesidad de que purguéis; pero, para que esto sea posible, tenéis que ablandar el corazón, tenéis que llenarlo de bondad, de perdón, de comprensión; tenéis que llenar el corazón de luz de Dios. Porque un corazón que no está blando no sabe amar.

 La soberbia la está usando el mal con vosotros, y en vuestras almas anida, y esto tenéis que reconocerlo para poder expulsarla. Si no reconocéis que guardáis rencores con facilidad, que os cuesta perdonar, que tenéis endurecido el corazón, no podréis encontrar soluciones. Primero hay que reconocer lo que uno guarda, que le está enfermando el alma, que está apagando la vida.

 El mal entra en vuestras almas, y se esconde en ellas, disfrazado de rencor, de rabias, de ¡tanto! que descuidáis; porque si estuvierais más atentos, no ganaría tantas victorias con vosotros, con vuestras almas. Y os vuelvo a recordar, cuánto más cerca queráis estar de Dios, más cerca querrá estar él de vosotros, me refiero al mal. El mal tentará vuestras almas cada vez más fuerte cuanto más cerca os vea de Dios. Yo os animo a que enfrentéis al mal sin miedos, a que recojáis las gracias de Dios necesarias para que las fuerzas que necesitáis para batallar, las tengáis a mano y que sigáis el camino hacia Dios sin vacilaciones. Se puede ganar la victoria al mal, pero hace falta un poquito más de valentía.

 No permitáis que el mal siga sembrando cizaña, cuando se identifica con tanta claridad. Parece mentira que, sintiendo claramente que algo está mal, no reaccionéis, y decidáis simplemente "pasar".

 Batallad y ganaréis; no olvidéis que vuestro "yo" es muy fuerte; ese "yo" orgulloso, que no baja la cabeza, está en cada uno de vosotros por momentos y, además, claramente dañando vuestra alma. No permitáis que ese "yo" os aparte de los demás, pues es el mandamiento principal, que os améis los unos a los otros como Dios mismo os ama. Si olvidáis este mandamiento principal estáis a oscuras, como perdidos.

 Si el corazón lo ablandáis, si dejáis que el Amor de Dios entre en vosotros, si lo transmitís a los demás, la sensibilidad a las bendiciones aumentará. Y yo os digo que las bendiciones se pueden sentir cuando se reciben, pero el alma tiene que estar un poquito más crecida. Cuidad de la prudencia, cuidad del respeto a los demás, que están tan pendientes de vuestras acciones y actitudes, y no perdáis la paz que se os regala. Pero recordad, el examen del amor lo pasarán todas las almas. No tardéis en amar a los demás, no tardéis en perdonar a los demás y en pedir perdón, porque si veis a los demás disgustados, si veis a los demás aturdidos, no debierais tardar tanto en bajar la cabecita y pedir disculpas por lo que pudierais haber hecho, aunque no lo sepáis, ni creáis haber hecho nada. Aprended de Jesús, el Manso y Humilde de Corazón. Imitadle, pero imitadle con ganas y con verdadera ilusión, porque quien imita a Jesús recobra la alegría perdida en el camino, una alegría que necesitáis para poder seguir andando hacia donde Él os espera, que es el Cielo.

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